martes, 25 de noviembre de 2014

¿Hago falta yo?


Llevaba (1, 2, 3,...) meses extrañando la lluvia. Y mientras añoraba la lluvia, también echaba de menos un montón de cosas más: la chicha con canela en la Plaza Bolívar, el café con leche dominguero, la empanada mañanera, y la pasta con mantequilla y queso, porque desde pequeño he asociado el comer pasta con lluvia, así como quien asocia el chocolate caliente con última noche.

En Coro los lunes se come granos, los viernes sopa y cuando llueve pasta.

Y de repente aquí llegó la lluvia. Ha llovido tres días seguidos. Y vi caer la lluvia, tomé foto y hasta me empape de ella, pero seguía faltando algo. No sentía esa sensación que a priori me esperaba. Así como cuando veo un postre a través del vídrio, tan crujiente, tan exquisito, pero al probarlo resulta ser un fiasco.

Entonces me dije: "falta la pasta con mantequilla y queso". Y me prepararon la pasta y me la comí, pero seguía faltando algo.

Ese algo que me falta se llama: ¡Venezuela!

Fuera de Venezuela nada es igual, ni siquiera la lluvia. ¡No es el mismo cielo!

Sigue faltando la plaza, el ruido, la brisa y a veces me pregunto si allá ¿Hago falta yo?

viernes, 8 de agosto de 2014

Malaya




Mi álter ego,

mi encuentro conmigo mismo,

mi refugio en la web,

mi paz frente al abismo.



Claro como el agua,

cambiante como el viento,

de correr y leer algo queda,

pensar es un alivio al sufrimiento.



La Soledad tiene sus encantos,

el precio es lo que lamento,

a veces un poco alto,

otras veces un aturdimiento.



Quisiera escribir sin roces,

poner las palabras como las pienso;

sentir que bailo sin música,

sin vergüenza, ni tropiezo.



No todos leemos lo mismo,

aunque lo escrito sea un testamento,

Cada quien interpreta a su manera,

yo lo hago según me siento.



Un poema y una flor,

no hay nada más cursi que eso,

me ganó mi lado débil,

malaya la fuerza del verso.

jueves, 17 de julio de 2014

Allá cayó


Un árabe me pregunta por un evento (permítanme el eufemismo) que ocurrió en mi país hace ya tiempo (permítanme el destiempo, pero en Venezuela somos de memoria corta y todo lo pasado va para el mismo saco).

¿Y cómo pudo pasar eso en un hotel cinco estrellas?

¿Es qué en Caracas no se puede ni caminar?

¿Cómo haces para regresar sano cada vez que vas allá de vacaciones?

Pues nada, le resumí lo que supuse pudo haber pasado, con mis respectivas elucubraciones y sutilezas.

Horas después, en mi mente vuelven a dar vuelta y vuelta aquellas imágenes que creía olvidadas. El alemán en el lobby del hotel vestido de traje, yace en el lujoso piso viendo como se le va la vida, reprochándose —tal vez— esa suerte de venir a morir tan lejos de su tierra como un pendejo; él tan exitoso, tan prolijo, acostumbrado a evaluar riesgos y mitigarlos, seguramente recibió más de una advertencia de sus colegas acerca de lo peligroso que suelen resultar estas ciudades tercermundista. Volviendo a su imagen, lo imagino calculando cuáles serían sus posibilidades de salir con vida de este desenlace. La frialdad emocional que le caracteriza le sugiere presionarse el abdomen con ambas manos, tratando de detener así la hemorragia que no hace más que teñirlo todo de rojo y de luto. En ninguna reseña encontré información acerca de su familia. ¡La protagonista de la tarde ronda el lugar!

A pocos metros de distancia, entre el asfalto y la descuidada jardinería está tendido el cadáver de su verdugo. A simple vista, un chamo mucho más joven que su víctima y que su victimario. La gorra medio puesta y el arma que lo incrimina. A pesar de su juventud, quizá no era la primera que incurría en una operación de este tipo. Acostumbrado a librarse de la muerte, actuaría por puro instinto y práctica. Sin un plan B en caso de que algo saliera mal. Rastrear a la presa hasta que sienta el impulso de atacar, besar la cruz que cuelga de la camándula y pedirle en su léxico a diosito que no lo deje pagando. Aferrarse a la bicha y entrar en acción. Qué pasó en los siguientes minutos es historia que de a poco pasará al olvido. ¡La muerte se apoderó del lugar!

La bicha después del ruleteo burocrático irá a parar a manos de otro joven dispuesto a jugarse la vida porque esa chamba alguien la tiene que hacer. Del otro lado del charco, otro ejecutivo europeo se toma una copa de vino en el lounge, esperando por el vuelo que lo llevará a Caracas, porque los rentables negocios que dejó el finado en curso no se pueden dejar fallecer.

A lo lejos tarareo aquella pegajosa canción: “…y dibujaron su muñequito e´tiza en la acera…”

lunes, 28 de abril de 2014

Lo que pudo ser...


Cuenta la leyenda que en aquel planeta en extinción a causa de la violencia, todos nacían con un don.

Hubo alguien que se quejaba de ser el único en no contar con un superpoder. En realidad él era inmune a las balas, pero como pasó toda su vida encerrado por temor a ser baleado, ¡nunca se enteró de que tenía ese don!

lunes, 31 de marzo de 2014

Garúa


Uno, tres, cinco segundos… detenido frente al semáforo cuando de repente me invade la sensación de que los carros que están a mi lado se comienzan a mover o, quizá soy yo quien se mueve hacia el carro que está detrás. ¡Todo pasa tan rápido! Por instinto presiono enérgicamente el pedal de freno, pero no percibo que el carro se detenga. Me aferro a la fuerza que pueda ejercer con mi pie derecho. ¡Me desespero!, las manos me sudan y a estas alturas soy un manojo de nervios. Cierro los ojos —tan fuerte como estoy pisando el freno— por fracciones de segundos y espero el ¡PUM!, que nunca llega.

Tres, cinco, 10 cervezas… nunca son suficientes para sentirme satisfecho cuando voy al bar El Garúa en Coro. Imposible no sentirse atrapado por un sitio que pareciera que contiene a toda una ciudad y su historia contemporánea dentro de esas cuatro paredes. La música, la gente, el ambiente es una pausa; un viaje al pasado en un presente que parece ir a la carrera en busca de un futuro que —a causa de los tropiezos— nunca llega.

Cinco, 10, 15 ojeadas… en menos de una hora le doy al teléfono. Ansioso por la espera de una noticia que según el horóscopo de cierta pitonisa virtual o el movimiento retrogrado de yo no sé qué planeta voy a recibir. No es que crea mucho en todo ese de coctel de supersticiones porque a fin de cuentas somos millones de personas nacidas bajo el mismo signo y a todos no nos va igual, pero resulta difícil convencerme a mí mismo de eso en medio de tanta desesperación. Cierro los ojos —hasta quedarme dormido— esperando la buena nueva que nunca llega.

10, 15, 20 veces… pienso lo que voy a decir antes de responder o comentar, no por temor a equivocarme sino más bien por precaución de no herir a terceros con mis palabras. Las consecuencias de mis errores van por mi cuenta, las de mis excesos se las anoto al costo de la fulana madurez que nunca llega.

Una, dos, tres, ocho, 13, 25, 37 víctimas… deberían ser más que suficiente. Vaya que es difícil sumar muertes. Se dispersan, se riegan como plaga. No consigo como rimar la suma con tanta resta. Cada uno de ellos ha perdido la vida luchando por una Venezuela que sentimos venir a lo lejos. Más temprano que tarde esos presentimientos se harán realidad porque la justicia siempre llega.

martes, 28 de enero de 2014

Sabor amargo


Tus besos, esos besos que hoy no me das, son como un puñal filoso que rasga mi boca seca y mis labios cuarteados. En cambio, todos aquellos besos que si me diste, eran tan inofensivos y muy poco los valoré; hoy me arrepiento de no haberme eternizado en uno de ellos.

sábado, 9 de noviembre de 2013

¡...Somos todos!


¡...Somos todos! No recuerdo cuándo fue la última vez que monté una bicicleta. Me refiero a una bicicleta tipo “cross”. Mi niñez está llena de recuerdos en bicicleta. Aprender a manejar bicicleta fue el mayor reto que superé de niño. Me parecía tan difícil al principio llegar a mantener el equilibrio moviéndome en esas dos ruedas. Luego que aprendí a defenderme, otros riesgos vinieron: manejar sin las manos puestas en los mangos, a levantarla caballito e incluso a subir aceras y saltar obstáculos. Aún tengo cicatrices y secuelas de aquellas maniobras suicidas. No hay nada que me traslade más rápido a mi infancia que ver a un niño manejando bicicleta. Y hablar de aquella época es hablar de Coro, por defecto. Allí crecí. Y mencionar a Coro, es traer a colación a Venezuela. Alguna vez en la vida, ¡nostálgicos somos todos!

La última vez que estuve en Venezuela fue breve la estadía. Al desembarcar, noté que habían impregnado los muros del pasillo de bienvenida con coloridos anuncios cuyo fin evidente era resaltar los logros de lo que llaman revolución. No sé si por morbo o simplemente por querer absorberlo todo, me fui fijando en cada uno de ellos: “somos el país con la mejor distribución de la riqueza en el mundo”; “tenemos la tasa académica más alta de América”; “avanzamos hacia la mayor inclusión social de Latinoamérica“; “el Gobierno Revolucionario te da la bienvenida…”; y por último la más cínica de sus propagandas, la que más desprecio: “¡ahora Venezuela es de todos!”

De esta manera, quienes nos visitan comienzan a recibir sus dosis de proselitismo sin reparos. No creo que en este mundo tan globalizado alguien vaya a visitar Venezuela engañado o al menos inadvertido de lo que se va a conseguir. Todos los foráneos parecen traer un folleto con indicaciones específicas de cómo proceder. De todas maneras, nuestro país te juega limpio y quizás esa sea una de las principales razones por la cual muchos quieren volver una y otra vez. Solo es cuestión de percibir las señales que se te revelan, sin perder tiempo, desde que pisas el aeropuerto. Por ejemplo, al final del corredor de entrada hay una escalera mecánica que no se mueve, creando así el primer embotellamiento de los muchos que están por venir. Más adelante hay unos baños en cuyos tabiques no cabe una raya más y no hace falta entender español para caer en cuenta de que esos grotescos grafitos en su mayoría aluden al sexo. Además, mientras esperas el equipaje, en algún momento alguien con cara de buen samaritano se te va a acercar a sugerirte un favor o un negocio: “pana, comprame un tv allí en el duty free, yo te doy la plata” o, “pago dólares a equis precio”. Pareciera que en Venezuela, ¡comerciantes somos todos!

Y hoy veo que los saqueos son noticia. Que de a poco se comienza a repetir la historia. Que somos un país que parece no querer aprender de los errores propios, mucho menos los ajenos. Que todo es una guachafa. Que seguimos viviendo para el día a día como si fuera verdad que el mundo se va a acabar de un momento a otro. Y así, en esa crisis tan arrecha que estamos seguimos creyéndonos los protagonistas. Que de Bolívar lo único que heredamos son esas ganas de ser el centro de atención y no sus insomnios visionarios. Que el niño es llorón y la mamá que lo pellizca, porque viene esa paisana y gana el Miss Universo volviéndonos a inflar el ego. Que sabemos que la vaina está cada día peor, pero ponemos nuestras esperanzas en un superhéroe que no es de verdad ni tampoco de ficción. Y aquí estoy yo con esta pensadera que cada día me confunde más. Quisiera ser menos enrollado, menos errante, pero siempre termino cediendo a mi devoción, como aquel Gaviero de la oración. Y cuando pienso que estoy solo en este derrotero se me atraviesa una reflexión de García Márquez que me invita a soñar en un país mejor: ¡Maqroll somos todos!